UN PUEBLO LLAMADO FÚTBOL


Vivía en un pueblo llamado Arco-iris, así se llamaba porque tenía muchos ríos con aguas limpias y cada vez que salía el sol se podían divisar tres o cuatro arco-iris en el cielo. Cuando era niño el alcalde instaló la primer cancha oficial de fútbol, en el barrio Amarillo, eso hizo que las casas aledañas tuvieran más valor, y desde entonces se veía como el barrio de los ricachones; otros barrios con habitantes de dinero y poder, exigieron tener su propia cancha, como el alcalde se negó, el barrio Azul instaló su propia cancha, pero obvio, más bonita y grande; desde entonces en Arco-iris, barrio que no tuviera cancha, no existía. Hasta los curas hacían colecta para que su barrio tuviera su propia cancha. Era un orgullo ver cómo todos los barrios lograron crecer, porque con la cancha venia todo lo demás, es que si tienes cancha debes tener parqueadero, restaurantes, mejores vías, etc. Y así todo el pueblo fue creciendo, y como todos querían ser mejores que los otros, pues el progreso fue mucho, bueno eso era lo que yo veía de niño, y lo que le escuchaba decir a los adultos. Luego empezaron los campeonatos; cada barrio tenía su equipo, y los ganadores tenían millonarios premios, al igual que dinero de la alcaldía para mejorar su estadio. Pronto algunos barrios trajeron jugadores foráneos, y era tan famosa nuestra liga que venían cadenas de televisión, y muchos hinchas de todos lados. Cada barrio contaba con grandes hoteles. Lo malo fue que los hinchas defendían tanto su equipo que ya era normal ver enfrentamientos todos los fines de semana. Era común ver muertos tirados en el piso todos los lunes. Un lunes, cuando tenía doce, salí a la calle con mi papá, y frente a la puerta, en el andén había uno, mi padre me halo del brazo para que avanzáramos y no nos detuviéramos, le pregunte: -¿Por qué? - y sólo me dijo: -¡Quién lo manda a ser Ocre!- Desde ese día pensaba que ser ocre era malo. La situación fue tan fuerte que casi nos cancelan el campeonato, entonces otra vez volvimos a pensar como pueblo y no como barrio. Alguien propuso que se rotaran jugadores cada semestre, así un jugador de x barrio tendría cancha de jugar en otros barrios, y así dejarían de matarse y volver a lo importante "EL FÚTBOL". Todos estaban de acuerdo, y los asesinatos dejaron de ocurrir; por lo menos no a ojos de todo el mundo, y es que nadie en  Arco-iris quería que suspendieran el campeonato, así que si se veía un muerto, era mejor taparlo con ramitas y seguir de largo, como si nunca se hubiera visto. Mi barrio era Verde y yo por supuesto era su hincha, aunque nunca ganaba copas, pero cuando tenía quince y a Cesar Tobías lo vendieron al Blanco, yo en secreto le hacía fuerza al Blanco, y es que yo jugué con Cesar Tobías, él vivía a la vuelta de la casa. El Blanco ya tenía tres Copas y estaba por construir un mega estadio, lo único que no me gustó es que lo construyeran sobre el río Cascaritas, en ese solía ir a nadar y echarme clavados; sí, ahí también fue donde le dí ese beso a Margarita, mi primer beso, que a la suma no han sido tantos, y mi primera cachetada, de esas si llevo bastante ventaja. Pronto fueron construyéndose mega estadios, y disminuyendo los equipos, los barrios que no ganaban copas iban desapareciendo, y en su lugar se construían esos estadios. Cuando tenía veinte nos tocó a nosotros los Verdes, yo no entendía nada de nada, pero era escamoso y creía sabérmelas todas. Mi viejo armó maletas y nos fuimos con los corotos a la periferia del pueblo, no teníamos luz, pero yo los fines de semana me iba para el barrio Blanco y jugaba con Cesar Tobías y otros muchachos, un día le dije que nos habían sacado a los Verdes, y él me miró feo, me dijo que en política no se metía, y yo le dije que eso no era política, que eso era fútbol. Me miró, se quedó callado y se fue, nunca más me quiso hablar. Al mes lo vendieron al barrio Ocre, y lo odié, nunca le perdoné jugar para esos. Como los jugadores iban y venían cada semestre, pues las hinchadas se volvieron más dinámicas, estaban los que apoyaban al equipo de su barrio, pero habían nuevas hinchadas que seguían a su jugador favorito, y podías estar en un barrio y apoyar a un jugador que era de otro equipo; al principio hubo mucha tolerancia. Podías ir con la camiseta del Aguamarina, por las calles del amarillo, y nadie te decía nada; yo después de Cesar Tobías, no volví a apoyar a ningún jugador, porque en cualquier momento se iba pal Ocre, y yo con esos nada. Una vez trajeron al Blanco un arquero (para mí el mejor jugador de fútbol de toda la historia), Higuita; nunca vi un jugador divertirse, arriesgarse, y jugar como a él; cuando lo veía amagar, gambetear, cobrar tiros libres, hacer goles, o tapar penaltis; sin importarle errar, era como si el fútbol tomara otro sentido para mí, más allá de la competencia estaba la diversión, la vida. Yo escuchaba que unos lo querían y otros no, pero me daba risa cuando lo madreaban porque dejó la portería sola, perdió el balón y vino el gol; para mí decía... No entienden el fútbol, sólo Higuita lo entendía. Luego vino la nueva ola de violencia de los hinchas; se mataban por defender un equipo, y ahora por defender un jugador. Si alguien apoyaba un jugador y otro le criticaba por alguna mala jugada, entonces empezaban las agresiones, los madrazos, las amenazas y las muertes; cada lunes volvían las exposiciones de cadáveres en las calles; en las periferias se puso peor... Yo ya contaba con 25 y sabía que los Amarillos habían construido un estadio sobre nuestro barrio (el Verde), que los que no desalojaron y lucharon por su rancho, sintieron una aplanadora que les cegó la vida y ahora son el cimiento de ese estadio. Ahora llegaban grandes empresarios del Blanco con armas y dinero, reclutando jóvenes del verde que ahora vivíamos en la periferia; -Es la oportunidad para que se venguen - decían, - y se ganan de paso unos pesitos. - La orden era asesinar hinchas del Amarillo, pero si eran dirigentes o jugadores, la paga era mayor; yo no quise participar, pero varios amigos lo hicieron y ahora hasta la periferia era un infierno, ya ni se podía caminar seguro, las balaceras eran el pan de cada día. A mí me salió trabajo en el Ocre, mi padre sufrió mucho al inicio, pero fue la oportunidad para salir de la periferia; ahora vivíamos en el Ocre, que no era tan malo como creíamos, es que a veces uno se deja convencer por lo que le dicen otros, era un barrio muy avanzado, y contaba con los opositores más férreos a los Blancos y Amarillos (quienes siempre habían manejado el pueblo), y como el noticiero era de ellos, pues nos habían pintado muy mal al Ocre, era el demonio de los barrios, ahora que estábamos en él, comprobamos que es diferente, y en muchas cosas mejor. Tenía leyes de control y diálogo, por ello los muertos eran muy pocos ahí; y tenían otros intereses aparte del fútbol, eso fue lo más difícil de entender para nosotros, pero nos gustó, y seguimos amando el fútbol.  Por eso dejé de seguir a los Blancos y dejé de ser hincha para siempre, me gusta el fútbol, pero no tengo que matarme o madrearme por estar de un lado. Voy a los partidos, elijo a un equipo y le hago fuerza, puede que en el otro semestre le vaya a otro, escojo al que mejor veo jugar, al que me agrada más en el juego, al que merece ganar el campeonato. Evito apoyar a los que compran árbitros. Aprendí que no debemos seguir equipos o jugadores, sino el juego, el que más complazca, y sí, cada semana puede ser diferente el que más me gusta, pero en el cambio está el avance, y el disfrute de la vida. Hoy a mis veintiocho años el pueblo tuvo la gran junta, ya las muertes y masacres son muchas, los culpables pasan desapercibidos porque tienen el control, y sus equipos son los que más copas ostentan. después de muchas propuestas, culpas, de que se echaran la culpa los unos a los otros, el alcalde sacó su gran conclusión... - La violencia de este pueblo no es por el fútbol, es por la identidad; nos llamamos Arco-iris, y hace más de diez años que aquí no se perciben esos fenómenos extraños de la naturaleza. Nuestros habitantes no respetan su mismo pueblo porque no hay identidad; debemos cambiar el nombre de nuestro pueblo. - hubo un gran silencio. luego los representantes de cada barrio, lanzaron propuestas de nuevos nombres para el pueblo; fue curiosa la votación, masacres tubo dos votos, intolerancia sólo uno, corrupción (nombre sugerido por los Ocres con sarcasmo) tuvo tres, el ganador con seis votos fue Fútbol. Desde hoy mi pueblo se llama fútbol, no sé si celebrar o llorar; mientras salgo compungido, avanzo con prisa, en una hora es la gran final del torneo de este semestre, algunos corren al estadio, y yo a mi casa, en las tabernas es peligroso, y eso del sentido de pertenencia de pronto se demora en instalar en la fanaticada.

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